«Me dijeron que iba a una fiesta, que me iban a hacer regalos. La celebración consistía en practicarme la mutilación genital’’

‘‘Es una pena que no se me borre este recuerdo, pero es imposible’’, lamenta Isatu cuando habla de la mutilación genital a la que fue sometida con solo ocho años.

 

En Sierra Leona, donde ella nació, la mutilación genital es una práctica muy habitual que le hacen a las niñas. Consiste en amputar total o parcialmente el clítoris, aunque en algunos países también se cortan otras partes de los genitales femeninos. Las razones que lo motivan están claras: controlar la sexualidad de la mujer y acabar con su placer. ‘‘Los hombres pueden casarse hasta con cuatro mujeres. Ellos sí tienen derecho al placer, nosotras no’’, resume Isatu.

Recuerda cada momento de aquellos días .‘‘Yo estaba con mi abuela, en el pueblo. Nos reunieron a un grupo de niñas, todas más o menos de la misma edad, y nos dijeron que al día siguiente íbamos a tener una fiesta, con regalos y comida’’. Aquello era motivo de alegría. Cuenta que, en su entorno, en su país, las mujeres que no tienen practicada la ablación no se casan y se considera que no tienen educación.

‘‘Era una mañana muy fría, pero éramos muchas niñas allí y pronto empezamos a interactuar unas con otras. Comenzaron a llamarnos una a una y escuché los primeros llantos’’, rememora. No se olvida de aquel lugar, sucio e insalubre. Al llegar su turno le taparon los ojos, y le agarraron de las manos y de los pies. Después de eso solo recuerda dolor. ‘‘Grité, temblé, apreté muy fuerte los dientes. Sentí el corte y cómo luego me cosían. Seguí gritando, pero me tapaban la boca. Me habían cortado el clítoris y los labios menores’’.

Su desgarradora experiencia con la mutilación genital llevó a Isatu a una clara decisión cuando se convirtió en madre de una niña: su hija no pasaría por todo eso. A pesar de ello, su marido, con el que la forzaron a casarse a los quince años, y la familia de éste le practicaron la mutilación parcial a su hija con tan solo dos años.

‘‘El día que se lo hicieron a mi hija lloré mucho. Pero a ella no le cortaron bien y eso fue una esperanza para mí. Querían repetírselo cuando tuviera 16 años para completar su mutilación, pero me negué’’, explica.

El momento de huir

No lo permitió. Fue entonces, en 2016, cuando Isatu decidió abandonar su país con su hija de 11 años y su hijo, de uno. Guinea, Mali, Argelia y Marruecos fueron los países por los que pasó. En este último estuvo más de un año trabajando hasta que llegó a las costas de Málaga en enero de 2019.

‘’Fue una pesadilla. La primera vez que íbamos a embarcarnos en una patera mi hija se adelantó y cruzó con otro grupo de personas. Pensaba que la había perdido. Ella llegó a España sola’’, y estuvieron un tiempo separadas.

Por suerte, la historia de Isatu, como las de Sainabou o Adama, otras supervivientes de mutilación genital atendidas por CEAR, tiene un final feliz. Pudo reencontrarse con su hija en Sevilla, donde ahora residen junto al pequeño de la familia, que ya tiene siete años. Los tres tienen una nueva oportunidad de vida gracias a la concesión del Estatuto de Refugiado que han recibido gracias al apoyo de CEAR Andalucía.

Si le preguntamos a Isatu cómo es su vida ahora, responde muy aliviada que es tranquila. «Tengo muchísimos sueños, pero voy poco a poco. Ahora trabajo y he terminado un curso no homologado de enfermería, que era lo que estudiaba en mi país. Tengo 33 años y mi idea es hacer la prueba de acceso a la universidad para mayores de 25’’, planea.

 

 

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