Xiomara, víctima de las maras: “Nos quedamos sin lágrimas de ver tanto dolor y maldad”

Xiomara (nombre ficticio), víctima de las maras en El Salvador, comparte este estremecedor relato sobre las causas que le obligaron a huir a ella y su familia del país. Las mismas que fuerzan a miles de personas cada año a tratar de buscar un refugio que les niegan países como España. Esta es su historia íntegra contada en primera persona.

 

Los pocos que hemos tenido la suerte de poder escapar, sabíamos que en el momento que abandonáramos nuestros países no había vuelta atrás. El día que salí de El Salvador recuerdo que mientras iba en el avión trataba de grabar en mi mente todo lo que veía. Recuerdo que pensé que verdaderamente la región era hermosa y no podía entender en qué momento habíamos perdido todos nuestros derechos y garantías. En qué momento se decidió que debíamos arrancarnos de nuestras raíces para poder preservar nuestras vidas.

Desde que estoy en España son muchas las veces en que me han preguntado por qué nos vamos de nuestra tierra. La mayoría de veces evado la respuesta o les doy una simple o un poco vana. Porque, al igual que todos los que estamos como refugiados aquí, no quiero decir que nos vamos porque nos dimos cuenta de que para nosotros ya no había esperanza. No quiero decir que nos vamos porque nos quedamos sin lágrimas de ver tanto dolor y maldad.

Que nos dolió ver como prendían fuego a un microbús lleno de personas. Que nos quedamos sin aliento cuando asesinaron a sangre fría a una mujer embarazada de cinco meses, a su amiga y a los dos hijos de ésta. Unos niñitos de 12 años que murieron abrazados intentando protegerse uno a otro. Que el corazón lo tenemos tan roto por asistir a funerales y entierros de personas que conocimos, de personas que eran buenas, que tenían sueños, que luchaban día a día, pero a quienes les arrebataron la vida por no cumplir con las demandas de los pandilleros. Que venimos porque ya no soportamos vivir con miedo de entrar a un barrio contrario o de simplemente cruzarnos una calle y que ya estemos en territorio enemigo.

Que venimos porque se nos despedaza el alma al ver que acosan, golpean y violan a niñas solo porque uno de ellos decidió que la quería de mujer. Que nos asquea que a las mujeres nos griten vulgaridades e incluso nos toquen, sin que podamos hacer nada para defendernos. Que vayan tras nuestros hermanos y primos para obligarlos a entrar a la pandilla. Que vemos injusticias, dolor, muerte, sufrimiento o abusos, y que tenemos que girar el rostro y apurar nuestros pasos.

Porque quien se atreve a denunciar que las cosas están mal, aparece muerto al día siguiente, con marcas de tortura y lo suman a los 17 muertos diarios en el mejor de los casos. Si no, solo desaparece, y nos toca ver la agonía de su familias que pasarán años buscándolos incansablemente. Hasta que descubran otro cementerio clandestino y sus restos estén ahí junto a los de otra docena más.

Que nos podemos estar seguros en las calles después de que se oculte el sol, porque todos nos convertimos en víctimas potenciales de un asesinato sin ninguna otra razón que la de llenar una cuota de homicidios diarios para demostrar que son ellos, los pandilleros, quienes tienen el control. Que no podemos equivocarnos de parada de autobús o parar a pedir una dirección porque podemos salir con una bala en nuestro cuerpo. Que incluso si se nos pincha un neumático no podemos parar, porque podríamos acabar trágicamente como la familia de cinco personas a la que asesinaron a machetazos, entre ellos a un niñito de solo 10 años que soñaba con jugar al fútbol de grande.

Las personas piensan que somos afortunados porque aquí estamos seguros y a salvo, pero hoy quiero decirles que también en eso están equivocados, porque aquí seguimos viviendo con miedo. Ya no miedo a las pandillas que ordenaron nuestros asesinatos por no pagarles la renta, por rehusarnos a ser parte de ellos, por tener preferencias sexuales diferentes, por no entregar a una indefensa niña para que pudieran violarla o simplemente porque vimos u oímos algo que no debíamos. Ahora le tenemos miedo a nuestra denegación de nuestra solicitud de asilo y a una posible deportación. A que alguien, que no nos considera víctimas de crímenes que atentan contra todos los derechos humanos firmen nuestra deportación y con esto a la vez nuestra sentencia de muerte. Porque para nosotros ese es el único destino que queda en nuestros países de origen.

Hoy estoy aquí para que entiendan que somos personas iguales que ustedes, que sentimos y soñamos, y que nos duele la indiferencia y la renuencia de muchos que no aceptan que vivimos en una situación extrema. Que nos duele que nos estigmaticen y creen prejuicios absurdos en torno a nosotros. Estoy aquí para hablar por todas las víctimas de pandillas y pedirles solo una cosa: que respeten nuestro derecho universal a la vida. Solo queremos sobrevivir y para esto le pedimos que nos reconozcan como víctimas con derecho a ser solicitantes de asilo, y que de esta manera puedan concedernos lo que tanto buscamos y necesitamos: Protección Internacional.

Xiomara (nombre ficticio), víctima de mara.

Escucha a Xiomara contando el relato en la presentación del cortometraje ‘Maras. Ver, Oír y Callar’.

 

Puedes encontrar más historias como esta en el libro ‘Buscamos refugio. Nuestras guerras son las maras’.

 

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