Sharife, de sentirse “muda” a ser la primera voz en la acogida a quienes huyen de los talibán

Escuchar media hora a Sharife hacer un recorrido por su vida es hacer un repaso por todas las emociones humanas. Miedo, esperanza, orgullo, rabia, decepción, júbilo, frustración… Tras la reciente llegada al poder de los talibán, la intensidad de todas esas emociones, a veces tan opuestas entre sí, se ha disparado.  

Sharife no conoce la fecha de su nacimiento, aunque un documento dice que fue el primer día del año 1985, pero sí sabe cuando inició su segunda vida: al llegar a España, hace ahora 11 años. 

Aunque en ese momento los talibán no controlaban su ciudad, Kandahar, sí tenían capacidad de saber quien colaboraba, como su marido, con el ejército de Estados Unidos, y poder hacerle llegar sus amenazas. Unos avisos que la familia de Sharife pensó que no podían llevar a cabo hasta el día que tiroteraton el coche de su marido, provocándole graves heridas. 

A partir de ahí, tuvo que ponerse en manos de las mafias y pagar para que les trasladaran, por suerte en avión, a través de cuatro países ¡incluido Venezuela!, para llegar finalmente a España, donde Sharife se plantó y dijo, y se dijo a sí misma, algo así como “yo de aquí ya no me muevo”. 

Tras pasar por varios centros de acogida, ver cómo su solicitud de asilo era aceptada, trabajar como limpiadora en un centro de acogida de CEAR, pasó a formar parte de la plantilla de la empresa social Acoge un plato, donde actualmente es la encargada de la cocina de un centro en Madrid. “Gracias” y “aprender” son las palabras que más repite cuando habla de su actual trabajo.  

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Una montaña rusa de emociones 

Con el avance del dominio talibán este verano, la vida de Sharife pasó de la preocupación por el futuro de su país, la incertidumbre por si su familia podría escapar, la alegría inmensa cuando pudo juntarse con sus padres y dos hermanos, el temor a qué les puede pasar a los familiares que se han quedado (ya sabe que a su sobrina de 13 años le han prohibido volver al colegio), o el orgullo de ser traductora en el aeropuerto de Torrejón convirtiéndose así en la primera voz de la acogida para quienes lograron escapar del terror talibán. 

Así, en estos 11 años, Sharife ha pasado de desear que alguien le hablara en su idioma para no “sentirse sorda”, a ser ella la que pronunciaba las palabras de bienvenida que escucharon los recién llegados. De no saber dónde estaba cuando estuvo una semana en una sala oscura de Barajas, a sentir que “España es mi país”. 

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