Carla, Jonathan, Milagros, Stephanie: huir de la ‘guerra no encontrada’ de las maras

Sufrieron extorsiones, violaciones y amenazas constantes en El Salvador, Honduras y Guatemala. Ahora buscan la protección que sus Estados no pudieron garantizarles y que les está rechazando sistemáticamente países como España al no encontrar motivo de asilo en la ‘guerra’ de las maras.

 

Carla: “Si no pagas te vamos a mandar a tu hija en pedazos”

 

“Son dos cosas, o nos vamos o nos matan”. Esa fue la conclusión del marido de Carla, hondureña de 37 años cuando escucharon que un hombre se había acercado a su hija a la salida del colegio. “Dile a tu padre que le mando saludos”, fue el recado para la pequeña.

Esa fue la cima de una escalada de amenazas que empezaron con llamadas telefónicas a las que Carla trataba de no hacer caso, y que continuaron con una visita a su casa. El mensaje que le dieron después fue nítido: “Tú sabes que lo que queremos es el dinero; 2.500 lempiras (89 euros) al mes. Recuerda que tu mujer está viva porque nosotros queremos”.

Tras unos meses abonando la tarifa regularmente, subió drásticamente a 50.000 lempiras (1.775 euros), una cantidad inasequible para la familia de Carla. Vendieron todo, pagaron la primera cuota para ganar algo de tiempo, y en cuanto pudieron compraron los primeros billetes hacia España.

Tras un recurso a la Audiencia Nacional, la de Carla y su familia es una de esas 25 resoluciones de asilo favorables en los últimos 4 años para personas procedentes de Guatemala, Honduras o El Salvador (los países donde operan principalmente las maras) de cerca de 3.400 peticiones. Pero a pesar de estar pendiente de un último documento que certifique su residencia en España, a Carla le persigue el miedo al doblar la esquina, aún ve cuchillos en sus sueños y tiembla al pronunciar la palabra mara.

Solo el fútbol parece permitir a Carla mostrarse desenfadada y dicharachera. Cuando narra -enfundada con la camiseta de su selección- los partidos que jugaba en su país, viendo ahora los partidos de la Liga y, sobre todo, jugando ahora en cualquier parque con su familia. “Amo el fútbol”, concluye entre resignada y divertida. Carla cuenta con el apoyo de CEAR y trata de mirar al futuro con optimismo. Pero hay algo que no le deja hacerlo del todo: la voz de su madre al otro del teléfono cuando le pregunta: “¿Hija, cuándo vas a volver? Que yo no me quiero morir sin verte”. Y ella le miente, “algún día madre, algún día voy a volver”.

 

Jonathan: “Tres pandilleros violaron a mi hija adolescente delante de mí”

 

Jonathan tiene todavía tanto miedo en el cuerpo que no quiere que se conozca ni de qué país de Centroamérica huyó hace más de una década. Mucho menos su nombre, o la ciudad de España donde ahora vive. ¿Profesión? Sector del transporte, responde de espaldas a cámara, con gorra y gafas de sol en un día nublado.

Su historia muestra hasta qué punto ‘el derecho de asilo cambia vidas’ no es una frase hecha. Escapó -sabiendo que era la única forma de salvar su vida- con su mujer y sus dos hijos a pie hasta EE.UU. Tras 7 años viviendo ahí, le llegó una orden de deportación, así que decidió ir a Canadá, donde le denegaron el asilo. Dice que “con la excusa de que ese problema de pandillas no es un problema de guerras, ni de religión ni de persecución política”. No le convenció el argumento de que las amenazas que él recibió no están recogidas en la Convención de Ginebra, porque “siempre son vidas las que se pierden”.

A los pocos días de tener que volver a su país, al ir a visitar la tumba de su madre, vivió una de las experiencias más dolorosas que nadie pueda imaginar: ver cómo violaban a su hija adolescente tres miembros de una pandilla. Con una pistola en la boca. Sabe que si hubiera opuesto resistencia, con toda seguridad ahora estarían muertos. Pero ni al hablar de que poco a poco ella lo va superando, de sus estudios o de sus sueños de futuro, parece sacudirse el remordimiento de encima.

Jonathan llegó a España en 2014 y tres años después fue denegada su solicitud de asilo. Ahora, con el permiso de residencia en el bolsillo gracias a la figura del arraigo, cuenta cómo le ha cambiado la vida, “porque dejamos de pensar que vamos a ser deportados y eso te hace por los menos dormir tranquilo y que lo poco que tienes para comer te caiga bien porque sabes que estás seguro”. Cualquier cosa con tal de no volver a su país, del que con razón, no quiere ni decir el nombre.

 

Milagros: “Querían obligar a ingresar en una mara a mi hija de 11 años, cuyo ritual consiste en ser violada por 13 hombres”

 

“Tenía mi propia casa, coche, un negocio de ropa”. Así comienza su relato Milagros, aferrándose a la vida que le empezó a arrebatar la mara Salvatrucha. La pesadilla de esta mujer salvadoreña comienza cuando su hija mayor cumplió 11 años y empezaron a presionarla para que su hija entrara en la MS13.

Solo con saber que el ritual de “ingreso” para una adolescente suele consistir en ser violada por 13 miembros de la pandilla, se entiende la decisión de Milagros de enviar a su hija con una amiga hacia España.

Milagros continuó pagando a la mara un asfixiante “impuesto de guerra” a la mara por tener abierto su negocio. Hasta que en 2014, cuando su siguiente hija cumplió 11 años, un chico de la pandilla empezó a insistirle para que fuera su novia. Tenía tanto miedo que dejó de ir al colegio, donde las pandillas también imponen su ley de violencia e incluso asesinan profesores cuando se enfrentan a los alumnos que pertenecen a una pandilla.

Una noche dispararon a su casa, para luego trasladarles un mensaje claro: si la niña no era de él, no iba a ser de nadie. “No hay seguridad. No se puede denunciar. No se puede acudir a nadie porque es normal. Se ha vuelto normal la violencia”, lamenta Milagros. Esa noche decidió viajar a España y reunirse con su hija mayor.

Tras más de un año de acogida en España, le denegaron su solicitud de asilo, y con esa decisión se apoderó de ella el miedo a regresar a El Salvador, a que sus hijas volvieran a recibir amenazas, a la sombra de una violación en cada esquina, a la extorsión diaria… “A lo mejor no duraríamos ni dos días”, apunta.

Milagros recurrió la sentencia ante la Audiencia Nacional y el pasado septiembre, esta vez sí, obtuvo una resolución de asilo favorable. Con el apoyo de CEAR, ahora Milagros está volcada en estudiar un módulo que le permita sacar a su familia adelante y recuperar el tiempo junto a ellos que le arrebató la mara. Sus tres hijos también estudian. “El pequeño dice que quiere comprarme una casa y que yo ya no me ponga triste”.

 

Stephanie: “Los niños están presos en las casas”

 

La primera impresión de Stephanie al llegar a Madrid fue la tranquilidad con la que la gente paseaba por la calle. Era una sensación que esta mujer salvadoreña apenas recordaba. “En nuestro país los hijos por el hecho de ser jóvenes ya es un peligro”, comenta, mientras recuerda que allí sus hijos eran como “presos” saliendo únicamente de la escuela a la casa. “Sabes que de un día para otro los matan; aquí están tranquilos, estudiando”, cuenta aliviada.

A pesar de convivir con el riesgo, Stephanie relata que una noche de repente les cambió la vida. “A medianoche, un grupo de hombres se metió en mi casa, pusieron pistolas en nuestras cabezas, no les importó la presencia de mis hijos, de mis sobrinos, de mi padre diabético o mi madre ciega. Robaron todo lo que pudieron”.

Después de esa noche, Stephanie, su marido y sus dos hijos volaron hacia España en cuanto pudieron. Dejando atrás todas sus pertenencias, a sus familiares, amigos… Llevan un año en España y cuentan con el apoyo de CEAR en la Comunidad Valenciana. Ahora su vida depende de la decisión que tomen las autoridades españolas sobre su solicitud de asilo. Su mayor temor, en caso de que sea denegada, es quedarse sin documentación y que eso le impida encontrar trabajo. “Regresar a nuestro país no se puede”. No está dispuesta a volver a salir con miedo a la calle.

Por motivos de seguridad, se han cambiado los nombres de las 4 personas entrevistadas.

Descubre más historias y claves en ‘Maras: Guerra no encontrada’


 

* Foto: La única cancha de baloncesto techada que existe en el municipio de Caluco, en el departamento de Sonsonate, se convirtió el 18 de septiembre de 2016 en la vivienda temporal de 19 familias que se vieron forzadas a abandonar sus casas luego de que la facción Sureños de la pandilla 18 los amenazara de muerte. Aquella cancha se convirtió, además, en el primer refugio para desplazados en El Salvador desde que se firmara la paz en 1992.

© CEAR / Víctor Peña (El Faro)

Ayúdanos.

Con 10€ logramos que un niño refugiado tenga

acceso a material escolar y libros de texto para ir al colegio.

Uso de cookies

Esta Web almacena cookies en tu ordenador para mejorar nuestra página y para ofrecerte servicios más personalizados, tanto en esta Web como en otros canales online. Consientes la recopilación de cookies y el tratamiento de las mismas en caso de continuar navegando por nuestra Página Web. Puedes acceder a nuestra política de cookies para obtener más información.

ACEPTAR
Aviso de cookies