Cynthia y Summaya: la lesbofobia como una forma agravada de violencia de género
Las mujeres refugiadas lesbianas enfrentan formas específicas de violencia que combinan el sexismo, LGTBIfobia y el racismo. A menudo sus experiencias de persecución no son reconocidas adecuadamente por los sistemas de asilo y su tránsito migratorio se ve marcado por la necesidad de continuar ocultando su orientación sexual.
Este fue el caso de Cynthia y Summaya, una pareja de mujeres nigerianas que decidió abandonar su país tras múltiples amenazas y situaciones de abuso. “Recibimos muchas amenazas, así que llegamos a la conclusión de que tal vez podíamos mudarnos a otro país que fuera un poco más seguro para nosotras”, explican. El destino inicial fue Senegal, pero allí se enfrentaron a un contexto igual de hostil. Finalmente, tras un peligroso trayecto en barco, llegaron a España.
Persecución en origen y peligro en el tránsito
En países como Nigeria, las relaciones entre personas del mismo sexo están penalizadas con hasta 14 años de prisión y en algunos estados del norte se aplica la pena de muerte. La ley de prohibición del matrimonio entre personas del mismo sexo no solo criminaliza los vínculos afectivos, sino también la existencia de organizaciones LGTBIAQ+. Esta represión institucional limita la posibilidad de organizarse o buscar apoyo.
“Cualquier persona LGTBIAQ+ en mi país se mantiene en el ámbito estrictamente privado. Tenemos un par de amigas en línea. Hablamos entre nosotras sobre cómo nos sentimos, pero no podemos expresarlo. Siempre estamos escondidas”, relata Cynthia. Esta ausencia de redes visibles implica que muchas mujeres lesbianas crezcan sin referentes, sin espacios seguros y en total soledad.
Durante el tránsito, la exposición a nuevas formas de violencia se mantiene y, en muchos casos, se agudiza. Mujeres como Cynthia y Summaya deben continuar ocultando su identidad y orientación sexual para protegerse de personas que las acompañan, especialmente en rutas donde predominan contextos religiosos o conservadores extremistas. “Ellos no sabían lo que éramos. No sabían nada sobre nuestra sexualidad. Así que teníamos que vivir con perfil bajo… sin dejar que nadie supiera claramente quiénes éramos.”
Discriminación interseccional e invisibilización
Las mujeres lesbianas refugiadas enfrentan una discriminación interseccional que no se limita a la suma de ser mujeres y lesbianas, sino que implica una combinación de opresiones que se entrelazan y refuerzan entre sí.
Las mujeres lesbianas desafían estructuras de género profundamente arraigadas: rechazan el mandato heterosexual, el rol reproductivo, la dependencia de las figuras masculinas de la familia o comunidad. Por ello, son vistas no solo como disidentes sexuales, sino como traidoras a la cultura, a la religión y al sistema patriarcal. En muchos casos, la lesbofobia se manifiesta como una forma agravada de misoginia: abuso familiar, violaciones “correctivas”, exclusión, amenazas o detenciones arbitrarias. Todo ello, además, con escasa capacidad de ser denunciado o reconocido como persecución política.
“Vivir en un país donde tu sexualidad no es aceptada es como un castigo. Tienes que vivir una vida distinta a lo que realmente eres”, resume Summaya.
Esta invisibilización no termina al llegar a un país seguro. Incluso dentro de los dispositivos de acogida, muchas mujeres lesbianas se sienten obligadas a seguir ocultando su identidad y orientación sexual por temor a sufrir represalias o rechazo por parte de otras personas con las que comparten el espacio. Muchas mujeres en situaciones similares continúan sintiéndose inseguras incluso en entornos destinados a brindar protección.
Este tipo de ocultamiento no solo refuerza el trauma, sino que limita el acceso a redes de apoyo, retrasa la recuperación emocional y dificulta el reconocimiento institucional de su caso. La ausencia de protocolos específicos para mujeres LBTI en los centros de acogida sigue siendo un problema en muchos países europeos.
Por eso, es fundamental la existencia de espacios como este, ubicado en el Maresme, que ofrece atención exclusiva a mujeres y crea un entorno más seguro y sensible a sus necesidades específicas.
El comienzo de una vida juntas, sin miedo
Cynthia y Summaya llegaron a España tras diez días en el mar. A pesar del trauma, reconocen que es la primera vez que se sienten seguras. “Nunca habíamos estado tan seguras como ahora. Podemos darnos la mano, hacer cosas juntas, salir juntas. Nadie dice cosas feas sobre nosotras. Nadie nos odia. Nadie nos amenaza.”
Desde su llegada, viven en un centro de acogida y esperan poder construir una vida en libertad. “Solo queremos vivir una vida diferente. Una vida en paz, básicamente.” Su proceso de asilo está en curso y ambas insisten en que su historia, aunque dolorosa, debe ayudar a visibilizar a otras mujeres en su misma situación.
“No estás sola y no estás cometiendo un pecado ni un crimen por ser quién eres”, dice Cynthia como mensaje final. “Tienes que vivir tu vida libremente. Ámate a ti misma, ama a tu pareja, sé buena contigo misma y sé fiel a lo que eres. El amor es amor, sin importar a quién amas.”
* El programa de Atención Humanitaria es posible gracias al Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones con el apoyo del Fondo de Asilo, Migración e Integración (FAMI).
