“Es así, pagas para que no te maten”. La vida de Lara bajo la amenaza de las maras

Ni se llama Lara ni se atreve a mostrar su rostro. Mucho menos el de su familia. Ni a miles de kilómetros desaparece el miedo a la violencia despiadada de las pandillas.   

 

‘‘Éramos una familia normal. Vivíamos bien, sin grandes lujos, pero sin problemas económicos’’. Tras esa frase tan corriente está Lara, una salvadoreña que tuvo que abandonar su hogar, ese día a día que ella define como ‘normal’ y que ahora tanto extraña. Y Lara se esconde. Se esconde tras un pseudónimo por miedo y vive de espaldas a todo el horror que ha dejado atrás. Junto a su marido y sus dos hijos de 12 y 14 años, llegó a España el año pasado. Solo traían mochilas, unas con pertenencias y otras llena de temores. En El Salvador dejaba un hogar, su casa. También a su familia, a sus dos perros, a sus amigos.

Cuando la mara llegó a su vida todo se derrumbó. ‘‘En casa siempre había sido mi marido quien trabajaba. Yo lo hacía en casa, me dedicaba a las tareas del hogar y a cuidar de mis hijos. Sin embargo, un día quise generar mis propios ingresos y empecé a vender bisutería y perfumes. Al principio se lo vendía a cuatro o cinco conocidas y lo que ganaba era algo simbólico, pero me hacía sentirme realizada y me entusiasmaba. Poco a poco fui ampliando este círculo. Madres de los compañeros de clase de mis hijos, amigas de amigas, familiares… Lo cierto es que había creado mi propio negocio y me iba bien’’, recuerda.

Todo marchaba sobre ruedas para esta familia, pero, en El Salvador, ‘‘las maras están al tanto de todos tus pasos, de tus horarios, de tus salidas de casa, de tu día a día’’. Según Lara, pronto se dieron cuenta de que su núcleo familiar contaba ahora con más ingresos. ‘‘Amenazaron a mi marido un día cuando viajaba al trabajo en autobús. También a mí, en medio de la calle. Me agarraron del cuello y me exigieron informarles sobre mi trabajo y cuánto ganaba. Allí tú tienes que pagar una especie de renta para poder vivir. Es así, pagas para que no te maten. A nosotros comenzaron a subirnos esa renta. Cada vez nos pedían más y más’’.

Pero llegó el día en el que Lara y su marido no pudieron reunir la cantidad que la mara les exigía. Él perdió su trabajo y ella veía como su negocio cada vez daba menos frutos. Sus vidas comenzaban a cambiar. En varias ocasiones tuvieron que pedir ayuda económica a su familia para pagar a aquellos que los extorsionaban. Ya no salían de casa, a menos que fuera necesario. ‘‘No podíamos seguir en esa situación, teníamos que huir de allí. En unos meses, con la ayuda de nuestra familia, reunimos el dinero para comprar unos billetes con destino a España’’.

Una vez aquí, Lara y su familia pasaron por todo tipo de dificultades, llegando a dormir incluso en la calle. ‘‘Después de varios días durmiendo en las instalaciones de una estación de autobuses en Sevilla, una limpiadora de aquel lugar nos dijo que no podía vernos ni un día más allí. Nos llevó a su casa y estuvimos con ella algunos días. Fue todo muy difícil hasta dar con CEAR, sin ellos no sé qué habría sido de nosotros’’.

Dormir bajo un techo, tener comida y sentirse a salvo son las cosas a las que da más valor en este momento. Ahora Lara, su marido y sus dos hijos tienen un único sueño: ‘‘Quedarnos. Es lo único que pedimos’’. No lo tendrán fácil, a pesar de la situación de violencia que vive el país, el año pasado España solo aprobó una de cada diez solicitudes de asilo de personas procedentes de El Salvador.

 

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