Jeimmy, docente perseguida por denunciar abusos sexuales a menores

Esta docente perseguida cuenta su historia aún desde la incertidumbre, pero con la seguridad de que podrá retomar su proyecto de vida en nuestro país. En noviembre de 2019 llegó a España desde Colombia acompañada por su hijo menor, dejando a sus otros dos hijos en su país de origen.

 

Nació en una familia humilde siendo la menor de 3 hermanos. Su madre era maestra, pero se vio obligada a dejar su empleo tras la marcha del padre de Jeimmy. “Mi vocación de docente prácticamente nació conmigo. Desde pequeña, siempre trataba de ayudar a mis maestros, fui delegada de mi clase y pude terminar mis estudios básicos, pero en bachillerato me quedé embarazada de mi primer hijo”. Sin embargo, esta situación inesperada no frenó sus ganas de continuar formándose.

“Durante años, trabajaba de noche para poder estar con mis hijos durante el día y ejercer de madre con ellos. Además, así pude comenzar a ahorrar para poder pagarme la matrícula de Pedagogía Infantil en la universidad”. Antes de comenzar su carrera universitaria, hizo un grado de Técnica Auxiliar en Jardines de Infancia, pero se dio cuenta pronto de que su camino debía encaminarse hacia la docencia.

Jeimmy trabajaba como conductora elegida, una modalidad de transporte dirigida a personas que, por algún motivo, no pueden conducir su propio coche hasta su destino y deciden que se haga cargo del vehículo otra persona. Una noche, mientras hacía su turno, conoció a una persona que iba a cambiar su vida para siempre. “Llevé a su casa a un señor que me llamó a la mañana siguiente para agradecerme mi amabilidad y atención. Me preguntó a qué me dedicaba y le conté que estaba ahorrando para poder ir a la universidad a estudiar pedagogía. Él, que trabajaba en una escuela, me dijo que esperaba poder ayudarme a conseguir mi sueño”.

Pronto se olvidó de aquello y continuó su vida, trabajando y cuidando de sus hijos y consiguió ahorrar el dinero para comenzar su primer año en la universidad. En esa época, la persona que prometió ayudarla apareció de nuevo en su camino para proponerle acceder a una beca, que le facilitó poder asumir el pago del primer año de universidad y las tasas del segundo año y un desahogo para la economía familiar.

Mientras estudiaba en la universidad en Bogotá, Jeimmy siguió trabajando, esta vez haciendo tareas de secretariado y apoyo a un abogado especializado en temas sociales. Antes de graduarse consiguió un trabajo en una escuela distrital como maestra, impartiendo varias materias a niños en zonas de transformación social, ámbito en el que siempre ha desarrollado su carrera laboral. Pronto se hizo un hueco entre el profesorado y consiguió sacar adelante un proyecto de enseñanza basado en rincones pedagógicos que explotaban todo el potencial de sus alumnos, convirtiéndose así la escuela en una referencia en Bogotá.

Amenazas de grupos paramilitares

Más tarde, decidió abandonar la docencia para trabajar como pedagoga en un organismo público que, junto a una trabajadora social y una psicóloga, brindaba apoyo a familias de zonas de transformación social con personas que contaban con recursos muy limitados. Sobre todo, trabajaba con madres solteras, menores embarazadas y familias consumidoras de drogas.

“Durante un tiempo, trabajé en la denominada zona roja, controlada por los grupos paramilitares colombianos que actúan al margen de la ley. Pronto empezaron las amenazas por parte de los grupos armados y tuvieron que trasladarme a un nuevo destino para poder desarrollar mi trabajo”.

Sin embargo, el nuevo destino que esperaba a Jeimmy también se encontraba en la zona roja. Comenzó a dar clases a niños en situación de calle, que provenían de familias desestructuradas y, de nuevo, contaban con numerosos problemas. En un momento dado, se dio cuenta de que muchos de los niños a los que daba clase eran o habían sido víctimas de abusos sexuales, por lo que se vio obligada a denunciar estos casos. De nuevo, las amenazas y las agresiones por parte de los grupos armados que controlaban la zona volvieron, pero ella aguantó.

“A mediados de 2017, mi vida se volvió a convertir en un infierno de amenazas y denuncias ante un cuerpo de policía totalmente corrupto que no hacía nada por protegerme. Pero tenía que aguantar porque los niños con los que trabajaba necesitaban esa protección y, las familias, el apoyo que les brindaba. Intenté aguantar sin que mis hijos notasen nada, para que pudieran continuar sus vidas sin tener preocupaciones añadidas. Pero no pude. En noviembre de 2019 decidí tomar un avión y venir a España con mi hijo menor”.

Jeimmy vive desde entonces en Málaga, donde espera poder comenzar de nuevo y retomar su proyecto de vida. Quiere volver a estudiar y centrarse en el ámbito social con menores, por lo que ya ha empezado a homologar sus estudios de bachillerato para poder acceder al Grado de Técnico en Integración Social. “No quiero que me regalen nada. Siempre he trabajado muy duro para poder culminar lo que me proponía, incluso siendo la cabeza de una familia con tres menores a mi cargo. Quiero ser integradora social para poder devolverle a la sociedad española una pequeña parte de lo que me han dado a mí”.

 

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