Una historia de amor que traspasa fronteras

Natacha (34 años, Costa de Marfil) llegó a Canarias en una patera tras un día y medio de travesía por mar desde Marruecos. En la misma embarcación iba su actual pareja, a quien no conocía aunque les uniera la nacionalidad y las mismas ganas de vivir en paz. Ni siquiera habló con él debido a que estaba paralizada y aterrorizada por un viaje sin billete de vuelta. Hasta que semanas más tarde en el centro de acogida de CEAR en Getafe se reencontró con su acompañante, poco a poco se fueron conociendo y se enamoraron.

 

La historia de Natacha está minada de muchas experiencias, la mayoría muy alejadas del romanticismo que vivió en el centro. “La vida en mi país era muy complicada con el Gobierno porque había dos partes en conflicto. La guerra dividió a toda mi familia y no supe de ellos hasta que llegué a España. Mi padre murió por la guerra. Si en mi país estás en otra parte del Gobierno es un problema, incluso hoy día”, señala esta joven marfileña.

Hasta que un día temió por su vida y tuvo que coger la maleta, sacó un billete de autobús y cruzó la frontera para escapar de un conflicto que estalló por segunda vez en 2011 y que también dividió a la sociedad en dos bandos. Desde entonces su vida se convirtió en una odisea constante que le llevaría de un país a otro con el único propósito de encontrar refugio donde sentirse a salvo. De Costa de Marfil a Burkina Faso, tres años después a Mali, luego a Argelia, Marruecos y finalmente a Canarias, tras sobrevivir a una ruta en la que cientos de personas perdieron la vida el año pasado.

“En Marruecos una persona que no conocía se acercó a mí cuando me vio llorando, hablé con él y le conté mi vida. Me dijo que podía ayudarme a ir a otro país, pero no me dice cuál. Me guardó un sitio en la patera. Había muchas personas, mujeres, niñas, niños, hombres… La única palabra que me salía pronunciar era Dios. Pasamos un día y medio hasta llegar a Las Palmas”, recuerda Natacha.

Nada más bajar de la patera sintió de nuevo pánico al ver que estaban rodeados de policías. Recuerda que los llevaron directamente a un centro de internamiento, y solo pudo ver cómo era su nuevo destino desde la ventana del furgón. Del miedo que tenía no podía ni comer y encima no entendía nada de lo que le decían: “Solo podía pedirle a Dios que me ayudara”.

Natacha pasó casi un mes en las islas, primero en Gran Canaria y luego en Tenerife. Finalmente fue trasladada junto a otro grupo a la península. Así es como llega al centro de acogida de CEAR en Getafe, aún con el miedo y la desconfianza en el cuerpo. Era la primera vez que tenía que convivir con tantas personas de diferentes países: “Pasé mucho tiempo sin poner un pie en la calle. Tenía apoyo de la trabajadora social y de la psicóloga para olvidar todo lo que había sufrido en mi país. Pero tenía miedo de salir por si la policía me pedía la documentación. Me pasaba días llorando, hasta que solicité asilo”.

Recuperar las ganas de vivir

Pero si hay una persona que le cambió la vida y logró que se sintiera por fin a salvo ese fue su nuevo amor: “Le conocí en la patera. Como tenía mucho miedo, ni hablé con él. Hasta que coincidimos en el centro y fuimos conociéndonos poco a poco. Ahora significa todo para mí. Me escucha, si estoy triste está a mi lado, con todos los problemas que tengo de enfermedad. Es una persona a la que amo mucho”, cuenta Natacha mientras se le quiebra la voz y le brillan los ojos.

Desde entonces su vida en España ha dado un giro de 180 grados. Actualmente trabaja como ayudante de cocina en el mismo centro que le cambió la vida, donde se siente totalmente integrada gracias a sus compañeros y su jefe. Una vez al mes cocina comida de su país para las personas acogidas.

La cocina ha sido una de sus grandes pasiones desde pequeña, cuando veía cocinar a su madre. Por este motivo, decidió participar en la iniciativa ‘Acoge un plato’ de CEAR, que busca traspasar fronteras a través de recetas de personas refugiadas que evocan todo lo que han tenido que dejar atrás. Ella eligió la carpa con ‘attieke’ porque es el plato familiar que preparaban para celebrar el nacimiento de un bebé. Aunque confiesa que sus platos favoritos son “las espinacas con arroz” y de España le encanta “la paella con todo dentro”.

En un futuro no muy lejano se ve formando una familia con su compañero de fatigas, pero ante todo desea con todas sus fuerzas que él encuentre empleo: “Todos los días sale a las 5 o 6 de la mañana en busca de un trabajo y esto me duele mucho”. Es lo único que le falta para sentirse totalmente feliz en España, un país donde ha recuperado las ganas de vivir, soñar y amar: “No pude estudiar en mi país, pero aquí he aprendido que puedo hacer muchas cosas solas”, finaliza Natacha.

 

 

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