“No nos dejen solos en este desierto de prejuicios”: la historia de Lassana y su búsqueda de un hogar
Lassana Ly, joven refugiado de Malí, tardó cuatro meses en encontrar una vivienda en Sevilla. Hoy comparte su historia para visibilizar las barreras que muchas personas refugiadas encuentran cuando intentan reconstruir su vida.
A sus 25 años, Lassana se define como un joven que ama la vida. Sonríe con facilidad, habla de sus proyectos con ilusión y acaba de graduarse en la Escuela Secundaria para Adultos (ESA). Vive en Sevilla y tras participar en varios procesos de selección, hace unas semanas comenzó a trabajar en una empresa de suministros industriales.
Pero detrás de su sonrisa hay una mochila cargada de ausencias. Hace dos años y medio dejó Kayes, en Mali, su lugar de origen. La situación insostenible generada por la violencia le hizo abandonar el país: ‘‘No quería aceptar un destino de peligro constante y sin sueños’’, asegura hoy. Eso sí, lleva su tierra en el corazón: ‘‘Muchas noches cierro los ojos e intento recordar el olor de mi casa para no olvidar quién soy ni de dónde vengo. Soy consciente de que para algunas personas soy solo una cifra más en una estadística migratoria, pero soy mucho más que eso: soy un hijo que extraña los abrazos de una madre, un hermano, un amigo…’’.
Lassana compara la soledad de las personas migrantes con un desierto, un desierto muy grande. Quiere que la gente comprenda lo que significa empezar de cero. Llegar a un lugar desconocido, aprender nuevas costumbres, nuevo idioma, construir nuevas relaciones y levantarse cada mañana con la intención de demostrar que uno merece una oportunidad. ‘‘Que no nos miren como extraños, que lo hagan como mirarían a sus propios hijos. Detrás de cada migrante hay una madre que reza, una familia que espera y, sobre todo, una persona que solo quiere demostrar que puede ser un buen vecino, un buen trabajador y un buen hombre’’.
La puerta más difícil de abrir: la vivienda
Una de las experiencias más difíciles que ha vivido desde que llegó a España fue la de buscar vivienda.
Lassana llegó a España en febrero de 2024, solicitó protección internacional y fue acogido por CEAR. Un año más tarde, en febrero de 2025, obtuvo su resolución favorable a través de la protección subsidiaria. Llegaba entonces el momento de abandonar el centro de acogida y comenzar a buscar una habitación, un proceso que afrontó con optimismo. Entraba en los portales inmobiliarios convencido de que, si podía pagar el alquiler y mostraba su responsabilidad y compromiso, encontraría una oportunidad. Pensaba que sus ganas de salir adelante serían suficientes. Sin embargo, pronto descubrió que acceder a una vivienda también podía convertirse en una carrera de obstáculos.
‘‘Fue un laberinto lleno de puertas que no se abrían’’, recuerda. Las llamadas se sucedían una tras otra. Cada anuncio parecía una posibilidad, pero muchas conversaciones terminaban antes siquiera de empezar. A veces bastaba con escuchar su nombre o percibir su acento para que el interés desapareciera. Otras veces acudía a visitar una habitación y notaba cómo cambiaba la actitud de quien le abría la puerta. ‘‘Cada llamada era como un examen que sentía que suspendía antes de empezar’’. Durante meses escuchó una frase que terminó convirtiéndose en una herida: el propietario prefiere otro perfil. “Otro perfil. Es que no están rechazando tu dinero; están rechazando tu identidad».
A las dificultades derivadas de la discriminación se sumaban exigencias difíciles de cumplir para alguien que estaba reconstruyendo su vida desde cero: contratos de trabajo indefinidos, avales, garantías económicas y una burocracia que parecía diseñada para dejar fuera a quienes más necesitaban una oportunidad.
La búsqueda se prolongó durante casi cuatro meses. Cuatro meses despertándose cada mañana con la misma incertidumbre. Cuatro meses en los que la posibilidad de quedarse sin un lugar donde vivir se convirtió en una preocupación constante. ‘‘Pensaba que en un país moderno como España el derecho a un techo era algo sagrado. Pero la realidad me despertó’’.
Mucho más que un techo
Después de meses de búsqueda, rechazos y puertas cerradas, hubo un momento en el que Lassana sintió que ya no podía seguir enfrentándose solo a aquella carrera de obstáculos. Fue entonces cuando encontró apoyo en CEAR. ‘‘Se convirtió en mi brújula».
A través del área de Inclusión y gracias a la colaboración con una inmobiliaria, Lassana encontró una habitación en un piso compartido en un barrio sevillano, lo que supuso recuperar algo que había perdido poco a poco durante aquellos meses: la tranquilidad. ‘‘CEAR no solo me ayudó a encontrar un techo; me devolvió la vida y mi derecho a ser persona’’.
Hoy puede cerrar una puerta con llave al final del día, un gesto que le aporta estabilidad, pertenencia y la posibilidad de construir un futuro. Por eso, cuando habla de vivienda, Lassana no piensa únicamente en cuatro paredes. Piensa en salud mental, en integración y en dignidad. Y aprovecha su experiencia para lanzar un mensaje a las instituciones, al sector inmobiliario y a la sociedad en general: «Somos personas que lo hemos perdido todo y que sabemos mejor que nadie lo que cuesta tener un hogar. No somos una carga; somos una fuerza enorme de resiliencia».
Aunque reconoce el papel fundamental que desempeñan entidades como CEAR, insiste en que la responsabilidad no puede recaer únicamente sobre las organizaciones sociales: ‘‘No queremos caridad. Pedimos empatía e igualdad de oportunidades. Cuando entregas a una persona refugiada las llaves de una vivienda, no solo abres una puerta, abres un camino hacia la dignidad. Le estás diciendo que también hay un lugar para ella en esta sociedad’’.
Y a quienes atraviesan situaciones similares lejos de sus hogares, también les deja un consejo nacido de su experiencia: ‘‘No permitas que el odio de los demás apague tu luz. Busca ayuda y no te aísles. Todavía hay personas de buen corazón que creen en la justicia’’.
Lassana sigue echando de menos su tierra y sigue recordando el olor de Kayes antes de dormir o el olor de la comida de su madre cuando llega la hora del almuerzo. Pero ahora tiene algo que durante meses pareció inalcanzable: un lugar al que llamar hogar.
