El viaje de Vlada: entre la búsqueda de un lugar seguro y su activismo por los derechos de las personas trans

Entre la melancolía por los recuerdos de su Nicaragua natal y la incertidumbre del futuro, la historia de Vlada es la de una búsqueda constante de seguridad y el compromiso con la comunidad LGBTIQA+.

 

Vlada es una joven de 31 años de Granada, Nicaragua, que en 2018 decidió salir de su país debido al clima de inestabilidad sociopolítica. Desde entonces, echa de menos esa otra parte cálida de las calles nicaragüenses: “empecé a extrañar esa cercanía comunitaria, los paseos con mi familia”, apunta. 

Con una fuerte cercanía y con un tono melancólico en su discurso, Vlada hace un viaje por sus recuerdos, por esas pequeñas cosas que nos marcan desde bien pequeñas, como un simple atardecer en familia, o el olor de la comida que preparaban en casa: “Recuerdo que una vez alguien me preguntó qué era lo que más extrañaba, y la respuesta fue clara: las sensaciones, lo subjetivo”. 

Y así, entre recuerdos y cambios, han pasado 8 años: Nicaragua, Costa Rica y, por último, España.  

Diplomacia, relaciones internacionales y activismo político 

Vlada comenzó a estudiar diplomacia y relaciones internacionales en la capital nicaragüense. En su etapa universitaria se adentró en espacios de activismo político, lo que le permitió cuestionarse la situación política del país y conocer a otras activistas. En 2012, volvió a su ciudad natal, donde creó junto a otra compañera un espacio de reflexión para jóvenes, del que surgió el movimiento “Jóvenes por la Democracia” 

En 2018, año clave en el contexto sociopolítico de Nicaragua, comenzó una fuerte represión contra quienes participaron en las movilizaciones contra el gobierno. Vlada fue una de las perseguidas, incluso llegaron a acusarla como responsable del incendio de un mercado municipal y las amenazas a su familia fueron en progresivo aumento.  

En este contexto, hay una fecha que Vlada tiene marcada: el 15 de agosto de ese mismo año. Ese día, la policía la asaltó junto a sus compañeras en su camino a una reunión. Varias fueron detenidas y trasladadas a prisión, donde sufrieron multitudes de abusos. Recuerda el caso de “una compañera trans que sufrió una brutalidad aun mayor que el resto: desfiguración y agresiones extremas”. Vlada consiguió escapar a Costa Rica, aunque no por decisión propia, sino por la de su familia.  

Recuerda que los primeros meses lejos de Nicaragua fueron complejos, aunque poco a poco comenzó a reconstruir su vida siempre tenía la esperanza de regresar a su casa. En Costa Rica continuó con su activismo político, participando en movimientos sociales y en acciones de incidencia sobre la situación de Nicaragua. Finalmente, su familia decidió regresar a Nicaragua, pero Vlada se quedó gracias a una beca que le permitía cubrir las necesidades básicas.  

Un nuevo desplazamiento, una nueva vida 

Hasta 2025 fue encadenando distintas becas, con ingresos muy bajos, hasta que logró encontrar trabajo. Tras todo ello, inició su proceso de transición y «en ese periodo me alejé del activismo para cuidar mi salud mental», señala. En ese mismo año el Gobierno nicaragüense a una persona cercana a Vlada y, ante el reconocimiento de la existencia de represión transnacional, decidió marcharse a España gracias a un programa de reasentamiento, tras haber obtenido protección internacional en Costa Rica. 

Vlada explica que este segundo desplazamiento fue muy duro, aunque contaba con herramientas que no tenía en su primera migración. Ahora tenía redes de apoyo, especialmente dentro del feminismo, y  aprendizajes adquiridos durante su experiencia migratoria anterior. 

Aquí ha encontrado un espacio seguro, aunque con matices, como señala: “Todavía hay muchas barreras, especialmente para las personas trans migrantes, como las dificultades para cambiar el nombre legal antes de obtener la nacionalidad”.  

A pesar de estas dificultades institucionales, en lo personal tiene una cosa clara: su compromiso con el activismo, especialmente dentro del movimiento LGTBIQA+, y su participación en el colectivo de personas trans. “Siento que, desde mi experiencia, puedo aportar algo, aunque sea pequeño, a las nuevas generaciones”, señala. Ese deseo de aportar al futuro convive, sin embargo, con la incertidumbre de saber dónde construirá su propia vida. Si la situación en Nicaragua cambiara, no necesariamente regresaría de inmediato, porque los procesos de retorno también son difíciles y pueden implicar nuevos riesgos. Eso le ha llevado a replantearse qué significa realmente el hogar: no como un lugar físico, sino como las redes, los vínculos y los espacios donde una se siente segura. 

Esa idea de hogar basado en los vínculos y el trabajo en red se plasma en su día a día, ya que actualmente sigue formando parte de un colectivo feminista cuyas integrantes residen en diferentes países. Desde su experiencia como activista en España, cuestiona las narrativas que romantizan poner en riesgo la vida de las activistas. Recuerda que muchas personas han muerto por las condiciones del sistema que se ensaña contra quienes poseen determinadas características —como ser mujer trans, racializada o migrante—. Así, Vlada termina reflexionando, “no nacemos para luchar por derechos colectivos; nacemos para vivir, y en ese proceso, si podemos, también luchamos”. 

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