El imprescindible trabajo de personas refugiadas durante la cuarentena

Cuatro personas refugiadas cuentan cómo es su trabajo en estos tiempos de cuarentena. Ninguno se ha podido quedar en casa estos días porque trabajan en un supermercado, en una farmacia, en las calles o jardines. Ahora viven lejos de sus hogares una de las peores pandemias que se recuerdan, cada uno con sus propias historias, pero con el objetivo común de superar esta nueva adversidad para vivir en paz.

 

María

Tiene tan solo 19 años, y llegó de Armenia hace solo un año y medio, a pesar de lo que se diría por su correctísimo castellano. Empezó su primer trabajo en nuestro país en una cadena de supermercados justo cuando inició la epidemia de coronavirus, como otras personas refugiadas. A pesar de eso dice sentirse «muy feliz» en su trabajo, ya que para ella es también una forma de “ayudar a España”.

María reconoce estar triste por todas las personas enfermas y por todas las que han fallecido estos días, por eso lo que quiere es “dar buenas emociones” a quienes se cruza durante su jornada laboral. Pendiente de su petición de asilo, María cuenta que quiere seguir estudiando: “Mi gran sueño es ser médica”, señala.

 

Robert

Este joven de 24 años, nacido en Guinea Conakry, trabaja en una empresa de jardinería y limpieza, tras llegar a Gran Canaria en una patera desde Marruecos en 2016. Robert se sabe afortunado respecto a otros que han pasado lo mismo. Agradece haber podido estudiar con el apoyo de CEAR, lo que le ha servido para encontrar un empleo.

“Mi trabajo en estos momentos está siendo muy complicado porque hay una situación de extrema precaución”, cuenta, al tiempo que se queja de que en algún momento se ha sentido discriminado estos días por ser migrante y por ello «parecer sospechoso de estar incumpliendo la normativa de confinamiento» cuando tiene que desplazarse a su lugar de trabajo. Aunque su gran deseo podría ser el de cualquiera: “Ojalá que se acabe todo esto”.

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Alphonse

Este camerunés de 32 años llegó a España en patera en junio de 2016. Un «viaje duro», explica, pero motivado por la esperanza de tener una vida mejor, poder estudiar y luego trabajar. Un trabajo de jardinero que estos días ha cambiado mucho.

“Se han tomado las medidas para poder trabajar y evitar los contagios, tenemos las mascarillas, guantes, gel”. Es la realidad “con la que tenemos que aprender a vivir”, acepta. “Ya que España ha sido el país de mi nuevo comienzo, me siento feliz y trato de hacer bien lo que me toca hacer”, señala a modo de agradecimiento.

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Anna

Tuvo que huir de Georgia por violencia de género. Hace dos meses que empezó a trabajar como auxiliar de farmacia en Madrid. Ahora reconoce “tener miedo» al estar trabajando en estos días difíciles y tener contacto cada día con muchas personas.

“Trabajamos con guantes y mascarillas, tenemos desinfectantes, mantenemos la distancia, así que hacemos todo lo posible para protegernos pero también tenemos estrés porque la gente está asustada, está nerviosa y todo esto nos afecta”, cuenta. Sin embargo, sus últimas palabras son positivas. “Me apasiona mi trabajo, así que a pesar de las dificultades estoy muy agradecida”.

 

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