Cuando «salir del armario» significa arriesgar la vida

El equipo Identidades y Diversidad Sexual y de Género (LGTBIQ+) de CEAR Madrid ha escrito este artículo con motivo del ‘Día para salir del armario’ celebrado el 11 de octubre, en el cual recogen testimonios de personas perseguidas por motivos de orientación sexual e identidad de género.

 

“Recuerdo que con 10 años me enamoré perdidamente de Alejandro, era un compañero de clase de 5º de primaria. Me gustaba muchísimo su forma de ser, pasábamos horas jugando, estudiando y compartiendo todo el tiempo que podíamos juntos. Algunos de nuestros compañeros de clase se daban cuenta de esto y se burlaban de nosotros, nos llamaban maricas. A partir de ese momento supe que amar a un chico, a una persona de mí mismo género, era objeto de burla y de rechazo”.

Erik creció en Venezuela, un país en el que se permiten las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo (salvo en el ámbito militar) y existe legislación contra la discriminación laboral, pero que no reconoce la protección constitucional del colectivo LGTBIQ+, ni persigue los delitos de odio basados en discriminación o la aversión de los que suelen ser víctimas. Además, las uniones civiles, el matrimonio o las adopciones están prohibidas.

Observamos que que prácticamente todas las sociedades del mundo se rigen por una norma patriarcal que determina cómo debemos ser, a quién debemos amar y cómo nos debemos comportar y nos clasifican según hombre o mujer, debiendo encajar en los roles de género asignados a cada uno respectivamente.

Según un estudio de ILGA, a finales de 2019 existían todavía 72 países en los que las relaciones con personas del mismo sexo están criminalizadas (12 de ellos con la pena capital). Por lo que salir del armario en esos territorios significa directamente arriesgar la vida. Esta es la razón por la que muchas personas se ven obligadas a tomar la decisión de abandonar sus países de origen y refugiarse en otros donde esa salida del armario no implique la muerte, la violencia  o la discriminación.

Sin contar aquellos países como Venezuela en los que las personas LGTBIQ+ sufren niveles de persecución y discriminación que provocan que muchas personas tengan que huir para ser, sentir o amar. “Desde muy pequeño tuve claro quién era, nunca cuestioné mi identidad ni mi orientación sexual, pero crecer en una sociedad tan machista, donde el más mínimo gesto era cuestionado y castigado, me hizo vivir en el armario hasta la adolescencia. Hablarlo con mis padres no fue nada sencillo, mi madre me descubrió en una relación amorosa con un chico que vivía en el mismo pueblo. Se lo tomó tan mal, que a partir de ese momento empecé a ser vigilado: tenía que ir a misa y a terapias de conversión. Fueron años bastante difíciles, llenos de castigos, maltrato y acoso», señala Y.C., solicitante de asilo venezolano.

 

Discriminación en España

 

«Mucha gente piensa que en Venezuela no pasa nada, que es un país donde las personas LGBTIQ+ pueden vivir en paz. Lo cierto es que varias mujeres trans que conocía fueron asesinadas en las calles y nunca se habló de ello, un antiguo compañero de trabajo murió a manos de un taxista sencillamente por tener mucha pluma. Mi mejor amigo fue asesinado por ser gay y yo amenazado de correr la misma suerte que él. Dejé mi trabajo, mis cosas, todo lo que tenía, y con bastante esfuerzo me compré un billete con destino Madrid. Pensé que al llegar a España podría trabajar en algo… Pasaron los meses y me di cuenta de que nada es tan fácil como se cree desde fuera», continúa Y.C., quien denuncia que en España también existe discriminación y así lo ha vivido incluso en el propio procedimiento de solicitud de protección internacional.

En la misma línea nos cuenta J. R. “Mi tema fue complicado, incluso todavía ando liado con eso. Toda mi vida supe que era gay porque desde bien pequeño vi que me gustaban los chicos de la televisión.  Tuve novia por el qué dirán, pero un día me cansé y empecé a salir con un chico. Y después de sospechas, cuando por fin se lo confirmé a mi familia, mis propios hermanos se vinieron encima de mí y me dieron una golpiza que quedé desmayado. Me golpearon tan fuerte que estaba todo ensangrentado. Y en ese momento, mi madre me echó de casa. A día de hoy, después de tanto tiempo mi madre no me acepta aunque se ha resignado a que tenga una pareja hombre”. “Usted me va a llevar a la ridiculez”, le decía su madre.

Entre otros motivos como el de querer salvar la vida, uno de los factores que le llevó a pedir protección internacional en España fue el deseo de casarse, formar una familia y vivir tranquilo. Pero nada más llegar a España, incluso en las propias dependencias del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid Barajas, durante el procedimiento de asilo en frontera, experimentó la violencia de la homofobia sin ni siquiera hacer pública su orientación sexual.

Estas experiencias que llegan en el día a día del trabajo de CEAR, muestran no solo el miedo, la inseguridad y la incertidumbre a la que se ha tenido que enfrentar en su país de origen desde que tienen memoria, sino también todas las dificultades con las que se han enfrentado en España.

Porque la cuestión a tener en cuenta es que salir del armario se vuelve una constante para las personas LGTBIQ+: “Mis amigas no saben que soy lesbiana, pero quiero que conozcan a mi novia”; “voy a empezar a tomar hormonas, pero en mi trabajo no lo saben”; “tengo que decirle a mi familia que soy gay”; … La vida se vuelve una constante ruptura con lo establecido y con lo normativo: en la familia, con las amistades, en el trabajo, en el país de origen, en España… Por tanto, es necesario crear normas que fomenten la vida y normalicen la diversidad sexual y de género. Normas que nos permitan alcanzar el bienestar por el que muchas personas luchan a diario alrededor del mundo. Y la herramienta que permiten este progreso es la visibilización de la diversidad, la educación y la sensibilización de las nuevas generaciones y de todas aquellas instituciones públicas que están al servicio de la ciudadanía.

 

 

 

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