Heridas reabiertas: el impacto de la pandemia en la salud mental de los refugiados

Existe consenso a la hora de afirmar que la pandemia ha supuesto un trauma social: algo inesperado e incontrolable que ha amenazado nuestra seguridad y nuestra confianza como seres humanos. Desde este punto de vista, todas las personas están afectadas, pero es cierto que las personas refugiadas parten de situaciones de una mayor vulnerabilidad a la hora de afrontar esta situación, por lo que el impacto en la salud mental de este colectivo es mucho mayor. Desde el inicio del confinamiento, CEAR ha podido detectarlo a través de sus servicios psicológicos.

El deterioro de la salud mental es también una pandemia que, aunque menos visible y mucho más silenciosa, está teniendo efectos preocupantes a nivel global. Según la OMS, cerca de 1.000 millones de personas sufren trastornos mentales, la depresión es una de las principales causas de enfermedad entre adolescentes y adultos, y cada 40 segundos una persona se quita la vida. En España, según la última Encuesta Nacional de Salud, más de una de cada diez personas de más de 15 años ha sido diagnosticada de algún problema de salud mental. La depresión y la ansiedad son las enfermedades mentales más frecuentes, ambas con un 6.7% de la población diagnosticada. Según Celso Arango, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría, los trastornos depresivos podrían aumentar hasta un 20% en los próximos meses y años a causa de la pandemia y de la crisis social y económica que se prevén.

«Para las personas refugiadas, el impacto de la pandemia a nivel psicológico se ha manifestado a través de un fuerte desajuste emocional. Es importante entender que las personas refugiadas ya vienen de una situación de peligro, de amenaza vital y de incertidumbre. Han huido de sus países muchas veces sin una planificación previa,  y la mayoría habiendo sufrido situaciones de violencia y de violaciones de derechos humanos muy graves», explica María Ángeles Plaza, referente de psicología de la entidad.

«Por eso, lo que vienen buscando es protección y seguridad. Si hay algo que caracteriza a las personas refugiadas es que ha habido una ruptura brutal e impredecible en sus proyectos de vida que les ha generado un fuerte trauma, una ‘herida emocional’. Esa herida consiste en una ruptura en sus creencias básicas como ser humano: la seguridad, la confianza y el pensar que se puede vivir sin que pase algo malo» completa Plaza.

Por eso, la pandemia ha sido un duro golpe para las personas que están en un proceso donde intentan reconstruir sus proyectos de vida. La sensación de seguridad y confianza en el mundo que se estaba recomponiendo se han vuelto a romper. El mensaje que recibe con un suceso así, y que refuerza su creencia previa, es que ya no puede estar segura en ningún lado. Eso provoca unos estados de ansiedad y de angustia muy fuertes.

“Ahora me da miedo todo, veo el peligro en cada esquina en cualquier parte, ya no solo siento que me persiguen o que me van a matar a mí o a mis hijos, ahora también siento que nos pueden contagiar en cualquier momento. No me siento segura en ningún sitio” Así lo cuenta Diana, refugiada colombiana y defensora de los derechos humanos en su país.

Desde el inicio de la pandemia, la situación de aislamiento ha reactivado pensamientos sobre sus vivencias traumáticas. Es necesario comprender que muchas de estas personas han sufrido privación de libertad en un sentido o en otro. Provienen de países donde han visto vulnerados sus derechos y libertades. Así, hay personas que han estado en cárceles, campos de refugiados donde la movilidad está muy restringida, o han sufrido incluso secuestros. Para estas personas, llegar a España como país de acogida supone un descanso frente a los riesgos y las situaciones traumáticas vividas en los países de origen y de tránsito.

Por eso, debido a la situación de la pandemia, el descanso y la sensación de seguridad se han visto en parte truncados y se ha producido una fuerte retraumatización frente a la permanente sensación de inseguridad. Ante esta situación de aislamiento forzado, muchas personas se han recluido en sí mismas, en estados depresivos y ansiosos, fortaleciendo esa desconfianza frente al mundo. Otras han podido reaccionar con comportamientos de mayor irritabilidad, de rabia o enfado. «Me siento completamente encerrada, me ahogo», relataba una solicitante de asilo a su psicóloga.

En las personas más dañadas que tienen relación con tortura o cárcel, la situación de aislamiento directamente les ha conectado emocionalmente con esas memorias traumáticas. Muchos de los síntomas que se han podido observar tienen que ver con revivir el trauma como si estuviera pasando otra vez a través de pesadillas o los llamados ‘flashbacks’. Estos síntomas son muy disfuncionales y perturban mucho a la persona dado que una y otra vez se experimenta el dolor, el terror, el sentimiento de culpa, el no haber podido salvar a seres queridos, o la impotencia de no haberse podido defender, entre otros.

Por otro lado, existe el desconocimiento y el miedo a la enfermedad. «Para algunas culturas, las palabras ‘virus’ o ‘enfermedad’ van asociadas a determinados estigmas. Por eso, es importante el trabajo de información que se ha realizado con algunas personas refugiadas frente a creencias tradicionales o ciertos métodos de curación», comenta Lola Pastor, también psicóloga de CEAR. Además, a la preocupación por lo que pudiera pasar a sus familiares en sus países de origen, se añade también la preocupación de los riesgos derivados de la pandemia como no tener medios económicos para hacerle frente en caso de que algún familiar enfermara.

Asimismo, la pandemia ha reforzado las desigualdades de género. Independientemente de donde provengan, todas las mujeres refugiadas han sido dañadas a nivel emocional. Muchas de ellas solicitan protección internacional por motivos de género, identidad sexual, u orientación sexual. Cuando estas violencias no han sido sufridas en el país de origen, las actuales rutas migratorias y los cierres de fronteras están provocando que estas estén siendo perpetradas en los países de tránsito, donde sufren con alarmante frecuencia abusos sexualmente. Sobre esta base, nuevamente irrumpen a través de la pandemia otras violencias derivadas de los roles de género. El no poder hacerse cargo de las personas mayores y menores que han dejado atrás, ejerciendo el  papel de cuidadora que los mandatos de género le imponen a la mujer, genera unos sentimientos de culpa muy arraigados. Por otro lado, la responsabilidad del cuidado de las hijas y los hijos que sí están presentes también recae mayoritariamente sobre la mujer, que es la que menos tiempo y espacio va a tener de autocuidados frente al estrés o la incertidumbre generada por la situación de la pandemia.

Desde el punto de vista sociolaboral y económico, la reconstrucción del proyecto vital se ha vuelto a ver roto o interrumpido debido a la pandemia. Así, personas que quizás ya habían empezado procesos de inserción laboral se han visto nuevamente abocadas a una situación de precariedad laboral y desempleo, o sin las expectativas de iniciar procesos formativos de cara a dicha inserción. Para muchas mujeres, por primera vez tenían la oportunidad de estudiar, algo que las empoderaba, las reforzaba la autoestima y las situaba en una posición de seguridad frente a todas esas violencias sufridas. La incertidumbre y la falta de expectativas de cara al futuro están originando estados depresivos, de impotencia e indefensión entre las personas refugiadas. Cuando una persona consigue volver a tener ganas de vivir y reconstruirse, y todo se rompe de nuevo, se vuelven a dejar atrás sueños e ilusiones atrás sumando así una nueva herida, una nueva ruptura.

Además, poder seguir itinerarios de inclusión de cara a la autonomía en medio de una pandemia mundial está suponiendo un gran reto para el futuro de estas personas y para CEAR como entidad. Hay trabajadores que han ido presencialmente pero durante meses en general se ha tenido que adaptar el trabajo psicoemocional y de acompañamiento al formato online. Al mismo tiempo, se está dando el caso de personas que tienen que abandonar los dispositivos de acogida y que les resulta muy difícil buscar vivienda en un entorno de pandemia y de confinamientos. Esto se suma a las dificultades que ya tienen de por sí estas personas para encontrar vivienda.

Aun así, es importante destacar cómo las personas solicitantes de asilo están también activando recursos psicológicos propios para hacer frente a esta situación. El estar acostumbrados a lidiar con la incertidumbre que provoca una guerra, una persecución, o una huida, o el haber afrontado la pérdida de seres queridos sin haberse podido despedir de ellos, hace que cuenten con un aprendizaje vital que les proporciona unas capacidades especiales de superación, y que las convierte para la población en general, en un nuevo ejemplo de adaptación y resiliencia.

Conoce más sobre cómo pasaron los primeros meses de pandemia las personas acogidas por CEAR en este Diario de refugio

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