La salud mental de los refugiados: cómo superar el duelo migratorio

La Directiva de Acogida obliga a los Estados europeos a “garantizar la protección de la salud mental de los refugiados”. Un derecho básico para que puedan superar el duelo migratorio que afronta toda persona que abandona forzosamente su casa, su país, su gente. A algunos les cuesta solo una sesión, pero otros tardan años y no todos lo consiguen.

“La salud mental es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades” – Organización Mundial de la Salud 

Khaled tenía la mirada perdida en el centro de acogida. No hablaba, apenas comía, ni se relacionaba con nadie. Un trabajador social le propone ver a un psicólogo. Al principio lo rechaza, pero tras varios días parece tomar conciencia de que quizás sea la única manera de salir del laberinto mental en el que está atrapado. Palabra a palabra se va desahogando y liberando de viejos fantasmas que le han acompañado en más de tres años de odisea migratoria, en los que sufrió todo tipo de vejaciones, torturas e incertidumbres vitales. Desde que huyó de la guerra en Alepo, su ciudad natal, hasta que fue secuestrado en Libia, su familia pagó un rescate y logró llegar a Europa a través de Melilla.

Su historia es una entre miles que afectan la salud mental de los refugiados, tanto por las pérdidas de vidas humanas como por la desaparición de los referentes vitales (familia, amistad, hogar, trabajo…). Unos síntomas que se ven agudizados cuanto más largos y peligrosos se vuelven los trayectos. Muchos han sufrido experiencias traumáticas en sus países de origen, pero también detenciones, torturas, abusos, violaciones y agresiones durante el trayecto migratorio y, además, cada vez más se enfrentan a condiciones de extrema precariedad e incertidumbre a su llegada a Europa.

La Directiva de Acogida obliga a los Estados europeos a “garantizar la protección de la salud mental de los refugiados”, sin embargo, las estimaciones de la atención psicológica que se les presta a su llegada a Europa son alarmantemente bajas. Aunque no se disponen de datos fiables, en Alemania se estima que solo el 4% de las personas solicitantes de asilo recibe atención psicológica. Los problemas de adaptación muchas veces relacionados con el choque de expectativas, al encontrarse con dificultades sociales y jurídicas, agravan la situación psicológica provocada por los traumas sufridos en el país de origen y en tránsito.

Ansiedad, angustia, pesadillas, apatía, desesperanza, frustración, somatizaciones como cefaleas o dolores musculares, problemas de sueño, depresión, o trastorno de estrés postraumático son compañeros de viaje habituales. Incluso en otras ocasiones pueden aparecer trastornos más severos como esquizofrenia desencadenados por las experiencias traumáticas vividas.

Cristina no podía dormir cuando llegó a nuestro país, tenía pesadillas continuas con las maras y la extorsión diaria que sufrió en su negocio en Honduras. Aminata aún intenta olvidar, junto a su nueva pareja, la violación “correctiva” por ser lesbiana por parte de miembros de su familia y de su pueblo en Senegal. Lorena sentía profunda tristeza, baja autoestima y falta de control sobre su vida por las palizas continuas a las que le sometía su marido en El Salvador. Damián ha recobrado la confianza en sí mismo tras un largo proceso terapéutico que le ha ayudado a superar las secuelas de las torturas que sufrió en Venezuela durante su militancia política. Pero no todas las personas están preparadas para poder hablar sobre lo que les ha pasado, otras no son conscientes de que tienen problemas de salud mental y muchas salen adelante con sus propios recursos. “Al fin y al cabo, son supervivientes natos”, recuerda Mariángeles Plaza, psicóloga de CEAR.

Médicos Sin Fronteras señala que el 89% de las personas que atendieron en Italia entre julio de 2015 y febrero de 2016 había sufrido experiencias traumáticas durante el viaje, frente al 60% que las había padecido en su país. Además, la probabilidad de haber sido víctima de detenciones y secuestros era mucho mayor también durante la diáspora, especialmente la de haber sufrido torturas: diez veces mayor que en el país de origen. El año pasado CEAR atendió a mujeres que relataron haber padecido violencia sexual por parte de fuerzas y cuerpos de seguridad en Marruecos o de compañeros de viaje, “parejas” a las que percibieron como “protectores” a lo largo de la ruta a cambio de favores sexuales como forma de supervivencia y “protección”. Este perfil de mujeres es uno de los más vulnerables.

Especialistas en salud mental destacan que los traumas tienden a volverse crónicos debido a que las rutas son cada vez más mortales, y a que cuando llegan a Europa ven que sus solicitudes de asilo se quedan estancadas en el tiempo, lo que les imposibilita reconstruir sus proyectos de vida.

Entre los casos más graves, los que se viven en las islas griegas, donde las organizaciones denuncian el incremento de intentos de suicidio entre la población refugiada, especialmente preocupante entre niños y niñas. Además, apuntan que el daño y la violencia sufrida en el país de origen es “esperable”, y son capaces de afrontarlo e integrarlo, pero el que sufren en Europa, concebida como un lugar seguro y democrático, lo perciben como un “daño inesperado e irreparable”, que ataca de forma directa a su sistema de creencias basado en la justicia.

Las personas que están pendientes de resolución de sus expedientes de asilo (más de 60.000 solo en España, según los últimos datos de Eurostat) sufren un alto grado de incertidumbre, que evidentemente genera mucha ansiedad y mucha falta de control sobre sus vidas. “No te deja organizar nada ni pensar en el futuro. Se mueven en arenas movedizas porque no saben cuánto tiempo van a poder quedarse”, destaca Plaza. La denegación suele ser un momento crítico. “La denegación es una segunda herida sobre el trauma previo porque supone hacer añicos otro proyecto vital”, destaca Raquel Valdazo, también psicóloga de CEAR.

Por el contrario, el reconocimiento de la protección internacional supone validar una historia y dar sentido a todo lo que han vivido. Según un estudio, las personas solicitantes de protección internacional tenían más probabilidad de padecer estrés postraumático que aquellas a quienes se les había reconocido como refugiadas y se les había garantizado la residencia permanente (54% frente a 41% respectivamente). “La seguridad es básica para garantizar una buena salud mental. La recuperación emocional va íntimamente ligada a la inclusión social, laboral, familiar y de participación ciudadana”, comentan las psicólogas de CEAR. Aunque la mayoría de las personas cuenten con sus propias estrategias de supervivencia para superar traumas, es imprescindible que previamente tengan garantizada una acogida digna e integral que realmente les dé la seguridad que necesitan. Cuanta más percepción de inclusión social tiene una persona, más estable es su salud mental.

La atención psicológica para que las personas refugiadas puedan superar el duelo migratorio puede durar desde una sesión hasta años, en función del perfil y los daños que tenga cada persona. Por eso se debe garantizar siempre una atención individualizada e integral. “Los tiempos administrativos deben adaptarse a los tiempos psicológicos. No todo el mundo necesita dos años de apoyo y no todos con dos años se recuperan”, resume Raquel.

CEAR tiene en todas sus delegaciones territoriales un Servicio de Atención Psicológica que ha atendido a 5.648 personas desde enero de 2017 (3.679 en lo que llevamos de año). Se coordina con los servicios públicos de Salud Mental, y forma parte del Área de Inclusión junto con los servicios de Intervención Social, Empleo y Formación, Vivienda y Aprendizaje del Idioma. Profesionales de estos servicios forman equipos interdisciplinares que, en coordinación con otras áreas de la organización, como el Servicio Jurídico y el Área de Acogida, ofrecen una atención integral a las personas refugiadas y solicitantes de asilo.

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