Historias de mujeres refugiadas, historias de mujeres “fuertes”

Hoy, 8 de marzo, rendimos homenaje a mujeres anónimas y resilientes que tuvieron que huir de persecuciones y violencia por ser mujeres. Cuando llegaron a España comenzaron un proceso de recuperación con CEAR que les ha dado nuevas oportunidades y permitido recuperar las riendas de sus vidas, que poco a poco, vuelven a disfrutar.

 

Triana   

“Me vi obligada a madurar muy joven”, piensa Triana, que desde niña tuvo una vida difícil, sin acceso a educación, que se complicó aún más cuando se quedó embarazada. Aguantó abusos y malos tratos de su pareja durante nueve años, hasta que decidió que tenía que proteger a su hija y le dejó.  

Triana llegó a España para huir de una situación insostenible, sin saber que toda la violencia que había sufrido le permitía solicitar protección internacional, algo que ocurre con frecuencia.  

Cuando CEAR se cruzó en su camino, comenzó su solicitud de protección y un gran trabajo personal. “Me veo como una sobreviviente de todo lo que he vivido, me siento protegida, ya es otra cosa. Ya no seguiré mirando a aquel sufrimiento, veo para atrás y veo el logro que hemos obtenido los tres”, dice con optimismo. 

Nahemaah  

Estaba casada en Irak. Tenía dos hijos, ambos con autismo, y mucho miedo. La guerra estaba muy presente en sus vidas y sentía que tenía que abandonar su país.  

“Fui sola a con mis hijos a Marruecos, donde esperé mucho tiempo para llegar a Melilla. Fue muy difícil”, recuerda. Tras ese primer largo viaje, fue a Alemania forzada para reunirse con su marido, que había salido de Irak años antes. “La primera semana en Alemania fue muy difícil. En cinco años no nos habíamos visto, él estaba muy nervioso y violento. Nos pegaba y teníamos mucho miedo. Mi marido se fue de casa y nos encerró, decidí coger a mis hijos y salir por la ventana con ellos; por eso yo digo que soy una mujer fuerte. En Alemania dije que quería volver a España, que tenía miedo a mi marido y quería volver”.  

Cuando llegó aquí supo que estaba enferma de cáncer, pero Nahemaah sigue luchando por un futuro en familia. “Soy una mujer fuerte, ahora soy la madre, el padre y la amiga de mis hijos. Quiero muchas cosas. Puedo muchas cosas».  

Ana 

Ana era una joven independiente, trabajaba en una farmacia y era feliz en Guatemala. Conoció a un hombre del que se enamoró, pero acabó siendo su pesadilla. “Era un hombre falso, se dedicaba al narcotráfico y después de algún tiempo me encontré secuestrada. Tuve dos hijos con él y empecé a sentir que mi vida era un infierno”.  

Escapó. Tenía tanto miedo que su hermana le sugirió que dejara el país. “Llegué a España sin ni siquiera imaginarlo”, asegura Ana, que no lo tuvo fácil para salir porque no tenía documentación. “Antes sentía que vivía en un infierno, pero, al menos, estaba con mis hijos. Al llegar a España empecé a ser consciente de que no iba a volver a ver a mi familia y que estaba muy lejos de mis raíces”.  

Pero salió adelante y su situación legal está resuelta. “En el futuro me veo reconstruida. Me veo con una familia, una familia de verdad, reunida con mis hijos, con trabajo. Y viendo a mis hijos crecer”, desea.  

M.P.  

 Mi vida estaba llena de violencia: violencia verbal, violencia física, emocional… y eso no se lo deseo ni a mi peor enemigo, la verdad. Menos si tienes hijos”, lamenta M.P., quien oculta su verdadero nombre tras unas iniciales porque aún siente auténtico terror.  

En México su pareja la golpeaba, humillaba y amenazaba con matarla a ella y a sus hijos, hasta que un día lo intentó. “Por eso viajé y vine a España. Sin conocer a nadie, sin saber nada. Vine a España con mis dos hijos. Tenía miedo de estar allá, mi vida corría peligro”.  

Al dejar unos miedos llegaron otros. “¿Cómo voy a sobrevivir aquí con los niños, si no tengo a nadie?”, se preguntaba. Pero los temores se disiparon por el apoyo que encontró. “En España la Cruz Roja y CEAR fueron esa mamá, ese papá, esa familia que yo no tengo y que hace mucha falta aquí, porque muchas veces te sientes solo, no porque extrañes o añores ciertas cosas, sino porque siempre es bueno que tú tengas algo o alguien que te diga ‘Tú puedes, échale ganas, tranquila. Mira, ahorita estás mal, pero mañana vas a estar mejor’”.  

I.E.H.  

“Tuve que huir de mi país por violencia de género. Fui golpeada, humillada y amenazada. No me dejaba en paz”, explica I.E.H., que prefiere no revelar su lugar de procedencia. Un hombre la obligó a estar recluida, a esconderse, a tener que pedirle a sus hijas que comprobaran si él no estaba en la calle o a mirar por encima del hombro cada vez que salía. A vivir con miedo. 

Tomé la decisión de salir del país y estoy acá. Pero, o sea, mi estado de ánimo era, cuando vine, muy deplorable. Me mantenía muy triste, me mantenía encerrada. Estaba muy triste porque dejar atrás a tu familia, a tus hijos, por salir huyendo por esa violencia… es horrible”, rememora.  

Pero fue encontrando “el respiro”. “Ya no me siento como me sentía, prisionera (…) Estoy tranquila, voy donde quiero, no hay nadie que me siga, sé que no tengo que vivir con ese temor. Yo me siento bien, siento que respiro libertad en este país. Me siento muy fuerte”.  

La violencia no tiene un perfil o un lugar 

Los perfiles de mujeres que huyen por violencia son muy diferentes y también los momentos en que la sufren: algunas huyen de esta violencia y otras la encuentran durante la búsqueda de un lugar seguro. Pero las consecuencias se repiten 

“La mayoría de las mujeres llegan muy dañadas, con unos niveles muy fuertes de trauma y duelo, niveles de autoestima muy bajos, y con sentimiento muy fuerte de culpa”, cuenta María Ángeles Plaza, psicóloga de CEAR. Esta culpa suele estar atribuida a roles muy asociados culturalmente al género: cuidado de su familia, hijos, parejas, y cuando tienen que huir, dejar atrás sus vidas, genera en ellas un sentimiento muy fuerte de culpa, abandono de sus “obligaciones” y “decepción”.  

“Lo más destacable del proceso sería el duelo, reconstruir el proyecto de vida, la autonomía como mujeres”, señala María Ángeles, un camino que CEAR aborda de manera interdisciplinar desde los equipos de acogida, inclusión, jurídico y psicológico, y de forma transversal en el acompañamiento a personas refugiadas.   

“Es muy importante poder ofrecer a las mujeres que huyen de la violencia de género o por distintos motivos espacios de seguridad para que la mujer pueda recuperarse, rebajar los niveles de trauma y de ansiedad”, explica la psicóloga.  

Uno de los principales obstáculos es que hay asociadas “unas dificultades añadidas que les van a dificultar el proceso de inclusión”, como tener menores a cargo que les complique la conciliación, formarse, tener un trabajo o acudir a citas.  

La importancia de la red 

Durante el proceso de recuperación es muy importante tener una red en la que apoyarse y poder crecer entre iguales, destacan tanto María Ángeles como Sara García, trabajadora de CEAR que acompaña al Grupo de Mujeres de CEAR Madrid, creado por la necesidad de algunas mujeres solicitantes de asilo de reunirse y acompañarse también en sus procesos de maternidad.  

“Muchas manifestaban que se sentían solas en ese momento de ser madres primerizas y otras familias monomarentales”, cuenta Sara. Se les empezó a preguntar si les gustaba la idea de ponerse en contacto con otras, y el colectivo tomó forma.   

“El grupo promueve el mutuo acompañamiento en el proceso de maternidad y migración entre iguales, siendo ellas las que han elegido siempre los temas que tratar o actividades que hacer”, explica Sara, quien cree que es positivo para las participantes porque les permite sentirse identificadas y fortalecerse compartiendo espacio y experiencias.   

 “Cuando me apunté a este grupo quería el calor de otras mujeres, saber que no estoy sola en esta situación. Me reconforta encontrar consejos, un lugar donde intercambiar ideas y hablar de las cosas que nos pasan como madres”, valora Alvine, de Camerún.  

Mónica es colombiana y llegó a España buscando asilo hace dos años. En el grupo quería un lugar al que pertenecer, dar su opinión y compartir historias. 

“Lo que más me ha gustado es que se te olvida todo, que tienes tiempo para ti misma, el hecho de reír y saber que en este tiempo te vas a despejar. Donde compartes risas: todo es bonito cuando nos reímos entre nosotras, podemos olvidarnos de lo malo y reír”.  

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