Caso de Karima (Afganistán)

“No pertenecí a ningún partido, ni siquiera simpatizaba con alguno, mi único pecado fue ser hija de un militar del Gobierno anterior a la invasión rusa. Pasamos a una lista negra y a sufrir todo tipo de presiones y persecuciones”.

Mi nombre es Karima Hakami, nací en Kabul el 28 de febrero de 1962. Hasta la invasión soviética de 1979,podríamos decir que la mía fue una vida tranquila y feliz. Provengo de una familia compuesta por una madre, un padre y diez hermanos que nos queríamos y respetábamos mucho. Tener una familia tan numerosa y unida hizo que mi partida, y la de cada uno de mis hermanos, fuese más dolorosa si cabe. Y para mis padres esto debió haber sido terrible.

Fui una excelente estudiante, me gradué muy joven como profesora de matemáticas y física y empecé a trabajar como docente en un instituto inmediatamente después de licenciarme. Me casé muy jovencita y mis dos niñas no tardaron en llegar.

No pertenecí a ningún partido, ni siquiera simpatizaba con alguno, mi único “pecado” fue ser hija de un militar del Gobierno anterior a la invasión rusa. Pasamos a una lista negra y a sufrir todo tipo de presiones y persecuciones. No podíamos expresarnos libremente. A mi padre y a dos hermanos los encarcelaron durante tiempo sin ningún motivo, por no apuntarse al partido y participar en sus actividades. Siempre estaban detrás de mí, intentando buscarme algo para perseguirme o dejarme sin trabajo. Finalmente lo consiguieron y me echaron.

Mi marido huyó a Canadá: pasé a estar sola, sin trabajo, con dos niñas de uno y dos años. Me sentía absolutamente desesperada, sabía que más tarde o más temprano mi destino no podía ser otro que la cárcel o la muerte.

Mi partida fue dolorosa y traumática, lloré muchísimo por tener que abandonar mi país, dejar a mi familia, mis amigos, mi casa… todo. Como docente, pertenecía al grupo de personas que tenían prohibido salir de Afganistán. Un amigo de la familia que trabajaba en el Ministerio del Interior me hizo un pasaporte que decía que era ama de casa. Se arriesgó mucho por mí y las niñas y se lo agradeceré mientras viva.

Partí en octubre de 1988 hacia la India, en medio de interrogatorios como si fuésemos delincuentes. Estuve en la India y llegué a España el 25 de marzo de 1989. No sabía que podía solicitar el estatuto de refugiado. Un familiar me lo dijo y con el asesoramiento de ACNUR y de CEA(R) lo solicité y lo obtuve en 1991. Durante un tiempo residí en el Centro de Acogida de Refugiados de Alcobendas.

En la vida diaria el desconocimiento del español fue traumático. A veces dibujaba un termómetro o una aspirina para explicar qué me sucedía a mí o a las niñas. Afortunadamente CEA(R) me envió a la Escuela Oficial de Idiomas donde estudié hasta comprender el español. También me ayudaron a conseguir piso, una pequeña ayuda para comprar los muebles, tramitó la reagrupación familiar para traer a dos hermanos e incuso la tramitación de la ciudadanía española. Actualmente colaboro como traductora para algún solicitante de asilo cuando me llama CEA(R) o alguna otra organización.

Ahora estoy muy contenta, he luchado muchísimo, he sacado dos niñas adelante, he conseguido un buen trabajo, he comprado un piso, no sin altibajos, he logrado ser feliz. Llevo diez años trabajando en una compañía aseguradora como asesora financiera. La mayor de mis hijas está estudiando Derecho y Economía y a la pequeña le queda un año para comenzar la Universidad. Me siento realmente afortunada.

Extraído de “Voces de Dignidad. Testimonios para el compromiso con los refugiados.”. CEA(R) 2005.

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